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«..El Movimiento Cristiano y Misionero es el producto de una gran VISION, y una genuina e inquebrantable FE que nos ha convertido en hombres y mujeres de ACCION..»
Oscar Daruich

En los comienzos de la obra, junto a un pequeño pero aguerrido grupo de colaboradores, Dios me permitió realizar varias campañas evangelísticas, que en su mayoría marcaron el inicio de una nueva iglesia. Año tras año fueron aumentando mis recorridos, visitando iglesias, estando en casi todas las Convenciones, como también en Congresos de Jóvenes y reuniones especiales.

En ese ritmo ya han pasado aproximadamente treinta y cuatro años, siempre moviéndome dentro de esta hermosa familia que Dios me ha dado, el Movimiento Cristiano y Misionero, pues la intensidad de la tarea así lo ha requerido.

En uno de esos viajes, en el año 1988, comencé a observar en cada lugar al que Dios me permitió llegar, el notable avance de la obra en todos sus aspectos. Grandes congregaciones, enormes y hermosos templos, convenciones gloriosas y asombrosa convocatoria. La prosperidad material de todos los siervos del Señor junto a sus familias es algo que no puedo dejar de considerar. Casas pastorales con comodidad para el discipulado, un vehículo y hasta dos en algunos casos, discípulos dedicados cien por cien a la obra y todo esto viviendo en esta plena y absoluta dependencia de Dios, en esta vida de Fe.

Considerando esto, nació una frase en mi alma: VISION, FE, ACCION. Pues El Movimiento Cristiano y Misionero es el producto de una gran VISION, y una genuina e inquebrantable FE que nos ha convertido en hombres y mujeres de ACCION. Solo de esta manera podemos explicar todo lo que Dios ha hecho con nosotros dentro y fuera del país en tan solo poco más de tres décadas.

Al contemplar detenidamente lo que Dios ha hecho asombrosamente a través de nosotros, una inmensa gratitud se elevó hacia Dios valorando esta visión gloriosa que El nos ha entregado. Fue entonces, en ese instante que recordé: "..¿Dónde nació esta visión?.." Y rebobinando en mi mente los años transcurridos como si estuviera viendo una película llegué a fin del año 1960, cuando Dios me dio el alto honor y privilegio de conocer a un santo siervo de Dios: Samuel Enoc Sorensen.

Era un hombre muy especial. Sobrio, equilibrado, de una mirada mansa pero a la vez firme y penetrante. Su hablar y su caminar eran con seguridad en lo que había creído y abrazado. Este varón de Dios y apóstol de Jesucristo fue quien Dios usó para legarnos esta visión y fe que personalmente cautivó e impactó mi vida. Al estar cerca de él, nació en mi corazón  una santa ambición de poseer el calibre y la sencillez de  ese hombre de Dios.

Sentí que Dios me impulsaba a seguirlo como lo hizo Josué con Moisés, y Eliseo con Elías. No significaba seguir a un hombre, sino beber agua a través de un canal de Dios, obtener todo aquello que Dios quería compartirme a través de ese vaso. No podía descuidarme ni distraerme, hice cualquier esfuerzo por estar junto a él semana tras semana, y aproveché al máximo todos los viajes que pude realizar con él. No me consideraba elevado por encima de nadie por estar con él, sino que me sentía bendecido y ministrado que es algo muy diferente, pues sus conversaciones eran solo la obra de Dios y la carga por los obreros.

Sí, este fue el hombre que Dios usó para fundar esta gran y hermosa familia, El Movimiento Cristiano y Misionero, con la visión y la fe de ganar el mundo para Cristo. Nos predicó y enseñó con mensajes sencillos, pero con el respaldo de la experiencia y el peso de la unción que atravesaba nuestro ser interior. Nos enseñó a depender y confiar solamente en Dios.

Nos repitió hasta el cansancio que Dios no buscaba hombres grandes en si mismos, sino chiquitos y sencillos pero que le creyeran y se tiraran en sus brazos, pues Dios podía sostenernos como el mar sostiene a las grandes embarcaciones. Era un hombre de Dios manso, humilde, abnegado, sufrido y por sobre todas las cosas un gran amigo. Amó tanto a Dios, a su obra y a los obreros, que fue consumiendo su vida día tras día, y así, en lo mejor de su edad, se fue a estar con su Señor.

Por lo tanto, y sin ningún temor a equivocarme, puedo decir que fue un apóstol, un profeta, un maestro, un pastor y un gran padre. Dios nos entregó a través de él esta visión y fe, dejándonos con su ejemplo un camino claro y bien marcado, para que sigamos marchando y si fuera necesario, dar la vida por esta Santa y Bendita causa. Amén. "..Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firmes hasta el fin, nuestra confianza del principio.." (Hebreos 3:14).
 
Pastor Oscar Daruich
(Tomado del periódico Visión, Fe, Acción, Noviembre de 1994)